© Ángel Suárez y Juan Ignacio Domínguez, UCLM

 

 


¿Quién era Sebastián de Covarrubias?

 

Sebastián de Covarrubias Horozco, nacido en Toledo el 7 de enero de 1539 en la parroquia de San Lorenzo, solía llevar el apellido de su madre, María Valero de Covarrubias, añadiéndole el de su padre, Sebastián de Horozco, dejando bien claras sus preferencias por la ilustre rama materna y en particular por su tío y protector, don Diego de Covarrubias y Leyva, que fue presidente del Consejo de Castilla y obispo de Cuenca. No es que la referencia a su padre fuese de poca honra: era un apreciado jurisconsulto, poeta, dramaturgo, historiador, famoso por su Cancionero y por un refranero, el Teatro universal de proverbios. Covarrubias fue ante todo hombre de Dios (ordenado sacerdote a los veintiocho años de edad), hombre del rey (capellán de Felipe II en 1570) y hombre de gran cultura, humanista políglota, licenciado en teología por la Universidad de Salamanca después de doce años de estudio (1565-1577), gran viajero de Toledo a Cuenca, de ahí a Valladolid (donde residía el rey Felipe II, quien en 1577 llegó a proponerle como ayo para el príncipe heredero, don Fernando, pero Covarrubias no aceptó el puesto, siguiendo el consejo de su tío que alegó su poca experiencia) y a Roma (donde, en 1579, el papa Gregorio XIII le concedió el canonicato de Cuenca). Recordemos que, en la época, ser canónigo representaba remuneraciones nada despreciables, pero también muchos quehaceres: corría a cargo de Covarrubias ser contador de los vestuarios del coro del deán, patrono de las memorias de dicho personaje, encargado de la llaves del Archivo, guarda mayor de las dehesas y visitador de casas y posesiones del cabildo, sin olvidar, a partir de 1577, la dirección del coro de la catedral de Cuenca y conforme a su nueva dignidad de maestrescuela, la corrección de los libros de dicho coro.

Pues hombre de libros más que nada fue Covarrubias, por lo que en 1590, dado el mal estado de los volúmenes de la catedral de Cuenca, le confiaron la tarea de inventariarlos y ponerlos en orden. Pero no pararon aquí sus fatigas y tuvo que abandonar durante tres años sus queridos libros y viajar a Valencia, pues en 1596, el nuncio papal, a instancias del rey Felipe II, subdelegó en él para la dotación económica de veintidós rectorías (parroquias) en lugares de moriscos, edificadas todas ellas para la instrucción cristiana de los recién convertidos. […] Covarrubias tuvo poco éxito y se llevó muchos disgustos frente a la reluctancia de los moricos en practicar su nueva fe […]. Sin embargo, recibió una recompensa en 1602 por sus servicios en Valencia, con la designación para consultor de la Inquisición.

Establecido de nuevo en Cuenca, volvió a dedicarse a las múltiples tareas que suponían su canonicato y pudo dejar rienda suelta a su amor por los libros, gozando de más tiempo para disfrutar de su extraordinaria biblioteca, una de las más insignes de su tiempo. Ahí fue donde escribió varias obras: sus Emblemas morales dedicados al duque de Lerma y publicados en Madrid en 1610 (a imitación de su hermano Juan de Horozco, que ya había publicado una obra del mismo género en 1591, en Segovia), una traducción de Horacio, un Tratado de cifras hoy perdido y el famoso Tesoro de la lengua castellana o española con su Suplemento.

El Tesoro debió de comenzarlo el canónigo en 1605, y tardar unos cinco años en terminarlo. El Suplemento o Apéndice, según le llamaba Covarrubias, lo iniciaría junto con el Tesoro. Pues desde el principio el canónigo había comprendido que no iba a poder decirlo todo en su Tesoro, por lo que guardó informaciones escribiéndolas en papeles sueltos a manera de fichas que pensaba utilizar para realizar un Apéndice. Así nació el Suplemento que, insistamos, existió desde el principio en la mente de Covarrubias, formando parte de su proyecto lexicográfico inicial, como él mismo apunta en algunas entradas de la letra A del Tesoro […]. Por eso, nuestro canónigo cuidó de marcar la continuidad entre ambos componentes de su obra léxica por signos tipográficos, señalando con una cruz los lemas que completaban las entradas del Tesoro y valiéndose también de la fórmula «Añade», escrita en la cabecera de los artículos.

[…] Sabemos que en los dos últimos años de su vid,a en que Covarrubias se dedicó a componer su Suplemento, ya estaba tan enfermo y doliente que no podía escribir, por lo que dictaba a dos copistas de cuya impericia no dejó de quejarse […]. Y, envuelto en las blancas sábanas de los folios de la segunda parte de su gran diccionario, falleció Covarrubias a los setenta y cuatro años, el día ocho de octubre de 1613.

 

Extracto de: Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la lengua castellana o española. Madrid/Frankfurt: Iberoamericana/Vervuert, 2006. (pp. XLVI ss.)